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Pero, desde que murió Sabina…

Pero, desde que murió Sabina, desde que en Ainielle quedé ya completamente solo, olvidado de todos, condenado a roer mi memoria y mis huesos igual que un perro loco al que la gente tiene miedo de acercarse, nadie ha vuelto a aventurarse por aquí. De eso hace ya casi diez años. Diez larguísimos años de total soledad. Y, aunque, de tarde en tarde, hayan seguido viendo el pueblo desde lejos -cuando suben al monte por leña o, en el verano, con los rebaños-, en la distancia, nadie habrá podido imaginar las terribles dentelladas que el olvido le ha asestado a este triste cadáver insepulto.

Julio Llamazares – La lluvia amarilla