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El desastre político español

La bonanza económica, que no era más que una máscara sobre el ladrillo, tapó por un tiempo lo que ya hoy es imposible enmascarar. El panorama político español del siglo XXI es un auténtico desastre y, lo que es más grave, tiene a este país detenido, esperando no se sabe a qué, viéndolo todo pasar como a quien no le concierne. La corrupción (y su ocultación), el “trincherismo” y la falta de referentes nos hunden irremediablemente. Las opciones políticas están llenas de indefiniciones y de lugares comunes, tanto que normalmente es difícil saber dónde están los límites de una sobre otra. El fin del bipartidismo se ha convertido, por desgracia, en una gaseosa floja de gas, tan floja que nos obligará a acudir a votar por tercera vez en nueve meses. La izquierda está llena de barones con más forma que fondo. La derecha se pudre en el sobre y en la desfachatez. El centro es un punto que se mueve y en el que nadie consigue hacer diana. La política educativa es tabú un día y arma arrojadiza el otro, la política laboral es descaradamente favorable al empresario y la política económica es demasiado oscura para tener futuro. Nada parece bueno en el actual panorama político español, salvo la serenidad (seguramente desidia) con la que la ciudadanía huye en paralelo.