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Etiqueta: Deporte

Hola, soy Ian Stannard y voy a morir

Algunos días te levantas y deseas, simplemente, ir a la guerra, y otros prefieres, simplemente, ir a la guerra maniatado y con los ojos vendados. Sin miedo, te dices tembloroso. Saltas de la cama buscando tus pantuflas de cuadros, extiendes el mapa de los terrenos a conquistar, pones el dedo en Gante, donde Carlos I mamó teta, y te dices que hoy vas a poner allí la pica tú solo. Que la batalla de Omloop Het Nieuwsblad es la que te apetece para un día soleado como el de hoy. Que irás a una muerte segura y que cuando vuelvas tomarás una ducha caliente y verás el telediario como todos los días.

Soy Ian Stannard y voy a morir, te dices en el ascensor. Buenos días, voy a morir, le dices al vecino, que ni te mira. Hace un día fantástico. Inspiras fuerte para tomarle el pulso a la mañana, te montas en la bicicleta y te metes en una escapada con tres corredores del mismo equipo, todo un ejército. Son feos y apestan, pero has dicho que vas a morir y lo vas a hacer. Llevas el número uno a tus espaldas y sabes que no hay nada que temer.

La batalla es dura. Las hostias recorren todos los puntos de la brújula, pero ríes a tus oponentes vehementemente mientras escupes sangre por la boca, a lo Travis Bickle en Taxi Driver. Cada mochazo que no te tumba te hace estar más cerca de la victoria. Mientras batallas con uno de tus oponentes llega otro por la espalda y te da un hachazo en el hombro que te deja el brazo inservible. Juras en arameo. Te das la vuelta y ves a Tom Boonen, lider del batallón enemigo. Aguantas el envite y sales tras él con el peso muerto que cuelga de tu clavícula. Corres y corres hasta que le das caza y le revientas la cabeza con la maza que te regaló tu abuela en tu último cumpleaños. Vuelve el resto del batallón y haces el molinillo. No sabes a cuantos has matado, pero deben ser cientos, miles. Sólo queda uno en pie y te bates con él como si fuera lo último que vas a hacer antes de hacer lo siguiente. El campo está lleno de cadáveres y sólo quedáis dos. A un mandoble le sigue otro. Empieza a anochecer y  recuerdas que tienes cosas más importantes que hacer, como tender la lavadora, así que te apresuras a finiquitar lo que viniste a hacer. Empuñas la espada con las dos manos, la elevas por encima de la cabeza y la dejas caer con fuerza sobre tu último oponente para partirlo en dos.

Has ganado, estás muerto y te sientes orgulloso de ti mismo. Vuelves a casa en metro hecho unos zorros. La gente te mira, y tú le dices a todos lo mismo: que de nuevo volviste a ganar la Omloop Het Nieuwsblad, esta vez tú solito contra todo un ejército.